lunes, 13 de febrero de 2012

Construyendo a Roma


EMPERADORES

Julio Cesar
Durante el final de la República romana, este dictador, general e historiador destacó como una de las principales personalidades dentro del ámbito político y militar. Bajo su mando se conquistaron los territorios de Galia, se intervino en la situación de Egipto y se llevaron a cabo ciertas reformas que estabilizaron todo el mundo mediterráneo.
Nació en el seno de la familia patricia Julia, se fue a Asia tras ser presionado por el dictador Sila, para en los años posteriores ejercer como tribuno militar, cuestor y edil curul. Tras intervenir en la conspiración de Catalina, formó parte del primer triunvirato, se convirtió en cónsul y derrotó a Pompeyo en una guerra civil, con lo que obtuvo el poder absoluto como dictador en la etapa final del sistema republicano de Roma.
Su gran conquista fue la Galia. Fue nombrado procónsul de la Galia, se encargó del gobierno de esta provincia, territorio en el que durante varios años desarrolló campañas de conquista que llegaron más allá de los Alpes. Finalmente derrotó a los galos en Alesia y su jefe, Vercingétorix, fue ejecutado en Roma.
Sus victorias fueron:
Venció a Pompeyo en Italia, Hispania y Grecia (48 a.C); a sus partidarios en Tapso (46 aC.); a sus hijos en Munda (45 a.C); y también sometió al rey del Ponto. De este modo consiguió el mando de todos los ejércitos.
Su asesinato: el partido aristocrático conspiró contra Julio César debido a sus reformas, de manera que un grupo de senadores, dirigido por Marco Bruto, le asesinaron con dagas durante una reunión en el edificio del Senado.



Augusto
Tras la muerte de César, entabló la lucha contra el que había sido su lugarteniente, Marco Antonio; para ello contó con el apoyo de Cicerón y de los republicanos del Senado, que esperaban dividir a los cesaristas enfrentándoles entre sí; también contó con el apoyo de los grandes financieros, lo que le permitió costearse un ejército propio.
Tras derrotar a Marco Antonio en la batalla de Módena, exigió del Senado el nombramiento de cónsul; rechazado por su juventud, marchó sobre Roma y tomó el poder sin combatir, ya que las legiones enviadas contra él prefirieron apoyarle.
Desde el año 43 a. C., pues, Octavio Augusto fue cónsul y se hizo otorgar poderes extraordinarios. Enfrentado a las resistencia de los republicanos Bruto y Casio, fuertes en Oriente, Octavio decidió aliarse con sus antiguos enemigos Marco Antonio y Lépido y formar con ellos un triunvirato. Comenzó entonces la persecución de los republicanos (en la cual murió Cicerón), que culminó en la batalla de Filippi en Macedonia.
Marginado Lépido, Octavio se repartió el poder de hecho con Marco Antonio, dejando a este último la zona oriental, mientras él permanecía en Roma y controlaba la parte occidental. El enfrentamiento entre ambos condujo a la Guerra de Perugia, en la que el jefe militar de Octavio Augusto, Agripa, derrotó a los antonianos. La conferencia de Brindisi estableció un nuevo reparto de zonas de influencia entre los triunviros: Octavio dominaba en Occidente; Marco Antonio en un Oriente restringido, que alcanzaba sólo hasta el río Drin Lépido en África; e Italia se consideraba neutralizada bajo el dominio conjunto de los triunviros. El matrimonio entre la hermana de Octavio y Antonio selló la paz, que se mantuvo durante cuatro años.
Además, en el 39 Sexto Pompeyo recibió Sicilia, Cerdeña, Córcega y Acaya, con el compromiso de mantener a Roma abastecida de grano; pero en el 36 Octavio hubo de enfrentarse a Sexto Pompeyo, a quien derrotó en la batalla de Nauloque.  El gobierno de Octavio Augusto se hizo popular en Occidente en virtud de su impulso a la agricultura y de la integración de las provincias con Roma.
Mientras tanto, Marco Antonio había sucumbido a la influencia de Cleopatra VII de Egipto y practicaba una política orientalizante, poco propicia a los intereses romanos; Octavio explotó en su favor esta circunstancia, declarando la guerra a Cleopatra en el 32. Tras la victoria naval de Actium, entró en Alejandría, donde Marco Antonio y Cleopatra se suicidaron. Con la anexión de Egipto, Octavio dio a Roma el control sobre todo el Mediterráneo.




Tiberio
Tras la muerte de Cayo y Lucio, los herederos al trono, fue llamado por el emperador y nombrado sucesor, a condición de que adoptase a su sobrino Germánico. Tras una serie de nuevas campañas en Germania, a la muerte de Augusto fue nombrado emperador.
Los historiadores romanos interpretaron su etapa como gobernante de forma ambivalente: por un lado se le reconocieron su capacidad administrativa y su habilidad de gobernante, pero por otro, su personalidad difícil y desconfiada, que le llevó a desencadenar persecuciones contra todos aquellos que podían enfrentarse a él, generó a su alrededor la imagen de un tirano cruel e inmisericorde sin duda inmerecida.
La muerte de Germánico, acaecida en extrañas circunstancias, la persecución de la que fueron objeto otros notorios miembros de la familia imperial y los procesos de lesa majestad abiertos contra la élite senatorial, atrajeron sobre él una gran impopularidad, agravada por su decisión de abandonar Roma y gobernar desde su lugar de retiro en Capri.
La ausencia del emperador otorgó gran poder a Sejano, el prefecto del pretorio, que utilizó su posición para reprimir duramente a sus enemigos políticos e incluso asesinar a Druso, el hijo de Tiberio, para facilitar así su propio camino al trono. Desenmascarado por Tiberio, Sejano cayó en desgracia y fue ejecutado. Al morir, Tiberio dejó a su sucesor, Calígula, una institución imperial consolidada, con las arcas llenas y las provincias en paz.


Claudio
Emperador romano de la dinastía Julio-Claudia. Era sobrino de Tiberio, sobrino segundo de Augusto y tío de Calígula, a quien sucedió en el año 41. Marcado por varias taras, Claudio era tenido por un bobo en la corte romana, pues se había mantenido apartado de los asuntos públicos, concentrado en escribir estudios históricos sobre los etruscos y los cartagineses.
Cuando la guardia pretoriana destronó y asesinó a Calígula, acabando con su despótico reinado, coronó a Claudio, que con más de cincuenta años era el único superviviente de la dinastía, pensando quizá en poner al frente del Imperio a alguien manejable. Claudio se reveló entonces como un hombre inteligente y un emperador capaz: amante de las tradiciones romanas, restableció el modelo administrativo de Augusto, repudiando el absolutismo en favor de una mayor colaboración con el Senado.
Trató de volver a la pureza de la religión romana, restaurando cultos abandonados y combatiendo los que entendía como «supersticiones» extranjeras. Para mayor eficacia puso los cargos políticos decisivos en manos de sus libertos, sentando las bases de la burocracia imperial. Extendió la ciudadanía romana entre los provinciales.
En el terreno exterior, impulsó la conquista de Britania entre el 43 y el 47, así como la anexión definitiva al Imperio de Mauritania y los territorios orientales de Licia, Panfilia, Judea y Tracia. Una de las lacras del reinado de Claudio fue la influencia que sus mujeres ejercieron en los asuntos de gobierno. Su tercera mujer, Mesalina, le ridiculizó públicamente con su escandalosa promiscuidad, hasta que se decidió a ejecutarla en el 48.
Casado luego con su sobrina Agripina, ésta le convenció para que designara sucesor a Nerón. Conseguido su objetivo, Agripina envenenó a su marido y vio acceder a su hijo al Trono imperial.


Neron
Era hijo del primer matrimonio de la segunda mujer de Claudio, Agripina la Joven y, por tanto, tataranieto de Augusto.
Agripina convenció a Claudio para que adoptara a Nerón en el 51, señalándole como heredero de la diadema imperial; para fortalecer su posición casó a Nerón con otra hija de Claudio, Octavia, en el 53; y, finalmente, asesinó al emperador en el 54, dejando el camino libre para su hijo. Éste fue proclamado emperador con sólo 17 años por la guardia pretoriana, dirigida por el prefecto Burro.
El reinado de Nerón se inició bajo la influencia de Burro y del filósofo Séneca, a través de los cuales era Agripina la verdadera dueña del poder. Pero cuando Agripina sospechó que Nerón pretendía sacudirse la tutela materna, empezó a conspirar con Británico para derribarle, y el emperador respondió haciendo asesinar tanto a Británico como a Agripina.
Tras cinco primeros años de reinado bastante tranquilos, recordados más tarde como uno de los mejores periodos de la historia romana, el emperador empezó a convertirse en un tirano sin escrúpulos, interesado tan sólo por gozar de los placeres de la vida y de la belleza, bajo la influencia de su caprichosa amante Popea. También hizo asesinar a Burro y le sustituyó por su favorito Tigelino.
Embarcado ya en un despotismo delirante, Nerón cometió toda clase de atrocidades y extravagancias: se dedicó a hacerse adular como poeta, músico, bailarín y deportista en actuaciones públicas; hizo arder la ciudad de Roma para reconstruirla a su gusto; desató persecuciones contra los cristianos acusándoles de ser los culpables del incendio; intentó ganarse al pueblo con espectáculos y regalos en los que arruinó el tesoro imperial; e incluso provocó la muerte de Popea, haciéndola abortar de una patada durante un acceso de cólera.
Una conjura organizada por Pisón para derrocarle fue descubierta y castigada; como represalia, Nerón ordenó suicidarse, entre otros, a sus antiguos amigos Séneca y Petronio. Tres años después se rebelaban contra él los gobernadores de las Galias, la Hispania Citerior y Lusitania; la rebelión halló eco en el Senado, que acordó deponer al emperador en el 68. Nerón se hizo matar por su secretario cuando iba a ser arrestado, dando paso a un año de confusión en el que pugnaron por el poder cuatro emperadores.

Vespasiano
Pretor en tiempo de Calígula y militar brillante en Britania durante el reinado de Claudio, su humilde origen hizo que no fuese objeto de represalias por parte de Nerón, quien no veía en él amenaza alguna.
A la muerte de éste, en el 68, Vespasiano se encontraba en Palestina, reprimiendo una revuelta de los judíos, y fue proclamado emperador por el ejército de Oriente. Dejó entonces parte de su ejército en Judea para que continuara el asedio de Jerusalén, al mando de su hijo Tito, mientras él se apoderaba rápidamente de Egipto, base de abastecimiento de cereales de Roma, con lo cual puso al emperador Vitelio en una situación muy delicada.
Tras la derrota y muerte de Vitelio durante el asalto de Roma por parte de las legiones del Danubio, que se habían puesto del lado de Vespasiano, éste logró ceñirse la corona imperial sin oposición. Como emperador, trató de sanear el gobierno y las finanzas pública, al tiempo que intentaba aparecer como el restaurador de las antiguas tradiciones.
Con el ascenso de Vespasiano y de la dinastía Flavia, se produjo una transformación en la sociedad romana que significó un aumento de la influencia de los itálicos, pues el propio emperador era de origen sabino y de clase ecuestre. Concedió el derecho de ciudadanía a muchas ciudades, como una manera de mejorar la percepción de tributos y consolidar internamente el imperio. Asociado con su hijo Tito, que recibió el poder tribunicio y el mando proconsular, intentó establecer en el Imperio Romano el principio de monarquía hereditaria.
Durante su gobierno se reprimió una gran sublevación de los bátavos y los lingones, y se prosiguió la conquista de Britania por Cneo Julio Agrícola. Reparó las ruinas de Roma, construyó el templo del Capitolio e inició la construcción del Coliseo de Roma. De acuerdo con sus deseos, le sucedió su hijo Tito.











CONSTRUCCIÓ DE L'AMFITEATRE


L’amfiteatre és un edifici ovalat que consta de tres parts bàsiques:


  • La pista (arena) era on es feien espectacles, estava cobert de sorra.
  • El soterrani (fossae) estaven situats sota l’arena i coberts per un empostissat de fusta, servien com a magatzems per als decorats, les gàbies de les feres, els departaments pels lluitadors, etc. Hi havia un sistema de rampes que servia per pujar les feres a la pista.
  • La graderia (cauea) estava constituïda per un sistema de galeries que sostenien i permetien accedir-hi  per unes escales i uns accessos. Estava separada de l’arena per un mur anomenat pòdium. Hi havia una o més tribunes reservades a l’emperador i els grans personatges.





A l’amfiteatre es celebraven diversos espectacles:

  • Les lluites de gladiadors: els gladiadors eren condemnats a mort, també podien ser esclaus castigats pels seus amos o bé homes lliures que no havien trobat un altre recurs per viure. Eren entrenats en unes escoles especials i el dia del combat desfilaven i saludaven l’emperador amb un crit tradicional:  aue Caesar, morituri te salutant. Després es feien les parelles a sorts i començaven a barallar-se. Hi havia uns instructors que vigilaven que la lluita no fos fingida i si calia fuetejaven els gladiadors. El públic cridava i animava al gladiador per qui havia apostat. Quan un dels dos lluitadors es feria alçava la mà per demanar gràcia. L’emperador que portava els jocs decidia segons la opinió del públic. Si havia lluitat bé, la gent aixecava el polze, però si el baixava, el vencedor matava el vençut. Un bon gladiador tenia molts admiradors i podia rebre regals i diners.
  • Les uenationes: eren espectacles d’animals. Feien exhibicions d’animals exòtics, portats de provincies llunyanes.
  • Les naumachiae: eren ofertes excepcionals. Representaven combats navals. S’inundaven les arenes i els gladiadors feien batalles navals històriques.
  • Les execucions: els condemnats a mort lluitaven sense armes amb les feres. S’acostumaven a fer en hores de poca assistència. 

jueves, 26 de enero de 2012

Circo y fieras en la Roma antigua. Pantomimas y naumaquías.

Uno de los espectáculos más populares fue en el Imperio Romano el acoso de fieras,
celebradas generalmente en los anfiteatros. En origen estos espectáculos, como los
juegos olímpicos, némeos, píticos e ísmicos y las representaciones teatrales en Grecia, o
los combates de gladiadores y carreras de carros en Roma, eran rituales religiosos en
honor de los dioses o de los difuntos importantes; con el tiempo, estos rituales se degradaron
y se convirtieron en juegos o en deportes. Todavía, a finales del Mundo Antiguo,
en las representaciones de carreras de caballos o de luchas de fieras no es raro que una
imagen de Cibeles presida los juegos. El más antiguo espectáculo de lucha de fieras de
que hay noticia en Roma data del año 186 a. C. y tuvo lugar unos 80 años antes de que
se introdujeran los combates de gladiadores. La afición por este espectáculo sangriento
pervivió por lo menos hasta el s. VI. En el año 469 los emperadores León y Artemio
prohibieron que se celebrasen en domingo. En el año 536 el emperador bizantino Justiniano
decretó que los cónsules debían ofrecer al pueblo acosos de fieras. Este espectáculo
era variado en su composición; unas veces se exhibían sólo fieras, otras luchaban
éstas entre sí, y frecuentemente con hombres; se simulaban también en el anfiteatro auténticas
cacerías de animales salvajes. Los que luchaban con las fieras se llamaban bestiarios;
unas veces eran contratados, otras se obligaba a combatir a criminales o a prisioneros
de guerra. Autores de los s. II y III, como los escritores cristianos Tertuliano y
San Cipriano y el jurista Ulpiano, nos informan de que también se ofrecían voluntarios
para luchar con las fieras, que tenían a gala el participar sin recibir soldada, incluso algún
emperador para demostrar en público su valor no tuvo inconveniente en descender a
la arena y matar con su propia mano las fieras. El historiador Dión Casio cuenta que
Cómodo (180-193) mató en un solo día cinco hipopótamos, y en varios una jirafa, dos
elefantes y algunos rinocerontes.
Existían grupos o familias de bestiarios, que se adiestraban, como los gladiadores,
en escuelas especiales; una de estas escuelas fue creada por el emperador Domiciano a
finales del s. I. Generalmente este espectáculo se celebraba en el anfiteatro; en el de
Mérida se conservan todavía las habitaciones de las fieras con unas ventanucas para
alimentarlas. Las primeras fieras que se vieron en Roma procedían de África, donde
Cartago, la gran metrópoli mercantil, había sido arrasada en el año 146 a. C. El historiador
contemporáneo de Augusto, Tito Livio, recoge la noticia de que en un espectáculo
de fieras celebrado en Roma en el año 169 a. C. y organizado por los ediles P.
Léntulo y Escipión Násica, se exhibieron 63 fieras africanas (panteras, leopardos y hienas, 40 osos y elefantes). Por estas fechas, se presentaban a veces sólo animales inofensivos,
pues en los juegos organizados para festejar a la diosa Flora sólo participaron esta
clase de animales. El comediógrafo Plauto vio en su tiempo avestruces. Además de estas
fieras importadas, se sacaban a la arena animales traídos de distintas regiones de
Italia, de los montes Apeninos, de Lucania y Apulia, como osos, jabalíes, corzos, ciervos
y liebres.
Los acosos de fieras cobraron cada vez más importancia ya a finales de la
República Romana y se vieron en Roma animales nunca antes vistos. En el año 58 a. C.
en las fiestas organizadas por Escauro se exhibieron un cocodrilo y un hipopótamo.
Pompeyo, con ocasión de los espectáculos venatorios, celebrados con motivo de la
consagración de su teatro, presentó al público un rinoceronte, unos monos africanos
desconocidos y un lince de la Galia (Francia). En las cacerías preparadas por César en el
año 74 a. C. el pueblo romano vio por vez primera una jirafa y en el año 11 a. C. un tigre.
Asombra la variedad de fieras que participaban en estas dos exhibiciones o luchas,
pero lo que más llama la atención es la abundancia de animales de una sola especie que
se presentaban al público, que indica un gran comercio de fieras perfectamente organizado
y muy rentable desde los países de origen hasta el anfiteatro de Roma. El cazador
era propietario de los animales cazados por él, fuese en terrenos propios o ajenos. Sin
embargo, las cacerías de elefantes sólo se podían organizar con autorización del emperador.
La posesión de esta fiera era un privilegio exclusivo del emperador. Los emperadores
también se reservaron el privilegio de cazar leones o de autorizar su captura. El
transporte de las fieras se hacía generalmente por mar. Está bien representado en algunos
de los soberbios mosaicos de Piazza Armerina, Sicilia (300-360). Los convoyes tardaban
varios meses en llegar y frecuentemente perecían las fieras en el viaje. Del edicto,
dado por los emperadores Honorio y Teodosio, del año 417, se desprende que los municipios
por donde pasasen tenían la obligación de alimentar las fieras, lo que motivaba
abusos sin cuento. En Hierápolis, capital de la provincia romana del río Éufrates, una
vez se detuvo un convoy 3 o 4 meses en vez de una semana; por este motivo los citados
emperadores legislaron que no se podían detener más de 7 días en la misma ciudad.
En los citados juegos pagados por Pompeyo intervinieron 18 o 20 elefantes, 500 o
600 leones y 410 fieras africanas de otras especies; y en los de César 400 leones y 40
elefantes. Los datos que conservamos de época imperial indican que las luchas de fieras
gozaron cada vez de más aceptación y de que los emperadores para congraciarse con el
pueblo de Roma y apartar su atención de los problemas acuciantes de la vida ordinaria
no escatimaban dinero en gastos. Augusto dio en su vida 26 juegos organizados por él, y
se sacrificaron 3.500 fieras de África, que era la principal abastecedora de los animales
salvajes. El emperador Tito, en el año 80, montó unas fiestas que duraban 100 días para
celebrar la consagración del anfiteatro Flavio, que tenía cabida para 40.000 o 45.000
espectadores; en un solo día se presentaron 5.000 fieras y durante estas fiestas se mataron
9.000 animales. Trajano, en el año 107, celebró el triunfo sobre Dacia, la actual
Rumania, con unas fiestas que duraron 4 meses, en las que intervinieron 11.000 fieras
que lucharon contra 10.000 hombres.
Roma llevó a las provincias el gusto por este espectáculo. El gaditano Columela, a
comienzos del Imperio, alude a fieras africanas traídas a la Bética, la actual Andalucía,
para que participasen en los juegos del anfiteatro. Los zoos de Roma estaban llenos
siempre de fieras, que en cualquier momento podían intervenir en los anfiteatros. Nerón
(54-68), en el gran palacio llamado la Domus Aurea, que construyó en Roma, al decir
del historiador Suetonio, tenía "bosques con una multitud abigarrada de animales domésticos
y salvajes de todas clases". En tiempo de Gordiano III, hacia el año 235, había
en Roma, según la Historia Augusta, obra de finales del s. IV, 32 elefantes, 10 alces, 10
tigres, 60 leones domesticados, 30 leopardos domesticados, 10 hienas, 6 hipopótamos, 1
rinoceronte, 10 leones salvajes, 10 jirafas, 20 onagros, 40 caballos salvajes e innumerables
y divertidísimos animales, fieras todas, que fueron presentadas en la arena con ocasión
de celebrar Filipo el Árabe el milenario de la fundación de Roma, celebrado en el
año 248. Para el mantenimiento de todas estas fieras se necesitaba un numeroso personal
administrativo y la inversión de cuantiosas sumas de dinero. Calígula (37-41), en
una época en que la carne había alcanzado un precio alto, alimentaba a las fieras con
carne humana de criminales. Aureliano regaló las fieras que participaron en su triunfo,
para no gravar el fisco, lo que indica que de los fondos públicos se sostenían los animales
y que su mantenimiento era costoso. Un procurador administraba los fondos especiales
destinados al sostenimiento de los elefantes.
En los anfiteatros no sólo se exhibían fieras, luchaban éstas unas contra otras o
contra hombres, sino que también se simulaban auténticas cacerías; la mejor conocida
está descrita en la citada Historia Augusta, con ocasión de las fiestas organizadas por el
emperador Probo; dice así: "El espectáculo se dispuso como sigue: grandes árboles,
arrancados con sus raíces por los soldados, se colocaban sobre una plataforma de madera
de gran extensión que se había recubierto de tierra. De esta manera, todo el circo,
plantado de modo semejante a un bosque, pareció florecer con la frescura de las hojas
verdes. En seguida soltaron por todos los caminos mil avestruces, mil ciervos, mil jabalíes,
mil gamos, mil gamuzas, mil cabritillos salvajes y otros animales herbívoros en
tanta cantidad cuanto les fue dado alimentar y encontrar. Hecho esto, dejaron penetrar
en el bosque a la plebe y cada uno se apoderó de lo que quiso. Otro día, Probo hizo soltar
de una vez en el anfiteatro a cien leones de largas crines. El fragor de sus rugidos parecía
el tronar de la tormenta. Se les dio muerte por la espalda a todos estos leones y, mientras
morían, no dieron el buen espectáculo que se esperaba de ellos, ya que no tenían ese ímpetu
que tienen cuando salen de sus jaulas. A muchos de ellos, que no querían avanzar, se
les mató con flechas. Salieron también cien leopardos de Libia, cien leopardos sirios, cien
leonas juntamente con cien osos. Parece ser que el espectáculo de todas aquellas fieras fue
más imponente que agradable." Otras fiestas eran más complicadas aún. El poeta Calpurnio
describe una fiesta dada por Nerón, en la que el suelo se abrió y de los abismos salió
un bosque maravilloso con árboles resplandecientes por el oro y surtidores olorosos, poblado
de fieras de lejanos países. En los juegos que organizó Septimio Severo, en el año
202, la palestra se transformó en pocos momentos en un barco gigantesco, que inmediatamente
se desencuadernó, quedando sobre la arena 700 fieras, leones, panteras, osos,
bisontes y avestruces, que fueron sacrificados en los 7 días que duró la fiesta.
A los condenados a las fieras frecuentemente se les ataba a un carro, que se llevaba
a donde los animales se encontraban; otras veces se les obligaba a ir a su encuentro azotándolos
por las espaldas, según se ve en el mosaico de Zliten. También se les colgaba de
un madero, como a Blandina, cristiana, que en Lyon, en el año 177, fue condenada a las
fieras, o se les ataba a un puente o tablado, como a Saturo, mártir cristiano africano del
año 203. Las actas de los mártires —los cristianos fueron frecuentemente condenados a
las fieras— nos informan de algunas particularidades, como de que los condenados eran
flagelados antes, como se hizo con la citada Blandina o con los mártires de Tiro, en
época de Diocleciano a principios del s. IV, y de que cuando se les echaba a toros bravos,
iban envueltos en redes, como Perpetua y Felicitas, compañeras de Saturo.
La actitud de los intelectuales fue ambigua ante estas degollinas de hombres y fieras
organizadas para divertir al populacho. Varrón, a finales de la República, escribió la
siguiente frase condenatoria de tales juegos: "¿No sois unos bárbaros, los que echáis los
criminales a las fieras?" Cicerón, el gran orador, contemporáneo del escritor anterior,
también fue contrario a este espectáculo: "¿Qué placer puede representar para una persona
culta ver como un hombre débil es despedazado por una fiera fuerte y gigantesca o
como un hermosísimo animal es atravesado por una jabalina?" Séneca manifestó repetidas
veces su repulsa ante estas matanzas. El cristianismo se opuso a ellas por boca de
algunos de sus mejores representantes, como san Juan Crisóstomo en el s. IV y Salviano
de Marsella, en el siglo siguiente; en cambio, los poetas Marcial y Estacio, en tiempo de
Domiciano, alaban estos espectáculos.
Las cacerías de fieras en los anfiteatros sirvieron también a la medicina. Galeno escribe
que muchos médicos presenciaron la autopsia de un elefante gigantesco y del
cuerpo de estos animales sacrificados se obtenían medicinas. También sirvieron a los
artistas para copiar fieras del natural. El famoso escultor Pasiteles, de finales de la República,
estuvo a punto de ser despedazado por una pantera escapada de una jaula,
mientras modelaba un león.
En los anfiteatros romanos presenciaban los espectadores otros tipos de
diversiones, como las pantomimas y las naumaquias, éstas últimas no siempre celebradas
en ellos. En las pantomimas los actores eran generalmente criminales,
condenados a muerte, entrenados para estos tipos de espectáculos. Los actores solían
salir a la arena vestidos con túnicas bordadas en oro, con mantos de púrpura y coronados
con coronas doradas. De pronto, los vestidos se inflamaban y los delincuentes
morían abrasados. El populacho romano había bautizado a semejantes mortíferos vestidos
con el nombre de "túnica molesta". Otras veces, como a los cristianos, a quienes
Nerón en el año 64 echó la culpa del incendio de Roma, se les embadurnaba de resina y
de pez y ardiendo se convertían en auténticas antorchas humanas, que iluminaban la
noche; a otros condenados, vestidos de pieles, se les arrojaba a los perros para que
los descuartizasen. Los escritores de época imperial han conservado datos sobre estas
pantomimas que a nosotros se nos antojan espeluznantes, pero que hacían las delicias de
los espectadores de los circos. Muchas veces las pantomimas ponían en escenas hechos
famosos de la Historia Romana o mitos. Nuestro poeta Marcial, que también pintó los espectáculos
de la capital del Imperio, vio a un criminal disfrazado de Mucio Escévola, con
una mano colocada sobre el fuego, hasta que éste se la abrasó toda. Se representó también
en el anfiteatro la crucifixión del bandolero Laureolo, que fue desgarrado por las fieras. El
poeta bilbilitano describe con un realismo impresionante el suplicio: la carne le caía a
pedazos. En otra pantomima un condenado representaba a Orfeo, el héroe mitológico,
que con su música amansaba a las fieras. Aparecía en un paraje campestre, rodeado de
toda clase de fieras, de pronto le dejaron caer, y fue despedazado por un oso. Tertuliano,
que como todos los cristianos, fue muy contrario a este tipo de espectáculos sangrantes,
en época de la Dinastía Severiana (193-235), alude a diversos mitos puestos en escena,
como la castración de Atis; otro condenado llevaba los atributos de Hércules, y como el
semidiós en el Eta, fue abrasado vivo. El apologista cristiano escribe que había gente
que se prestaba voluntariamente a recorrer cierta distancia con los vestidos ardiendo.
No todas las pantomimas acababan trágicamente. También se representaban mitos
obscenos y alegres, como el rapto de Europa por el toro.
A veces la arena se inundaba de agua y se convertía en un lago, donde se celebraban
combates navales. Conocemos una serie de naumaquías gracias a los historiadores
Tácito y Suetonio. La más antigua conocida data del año 46 a. C. La organizó Julio César
con motivo de los juegos triunfales que celebraron ese año su triunfo sobre los enemigos.
El dictador mandó hacer en el Campo de Marte un gran lago artificial, donde se
enfrentaron una flota tiria y otra egipcia. Participaron 1.000 soldados y 2.000 remeros
en cada flota; los barcos eran de dos, tres y cuatro remos. En el año 2 el emperador Augusto,
para festejar la consagración del templo de Marte Ultor, organizó una gran naumaquía
celebrada en un lago artificial; este lago medía 533 metros de largo y 357 de
ancho. Combatieron 30 naves grandes de los atenienses y de los persas, mas un número
mayor de pequeños barcos. El número de participantes fue de 3.000 combatientes, sin
contar los remeros.
El emperador Claudio en el año 52 organizó un gran simulacro de combate naval,
para celebrar la terminación de las obras que unían el lago Fucino, mediante un canal,
con el río Liris. En el combate celebrado en el lago participaron 19.000 combatientes,
repartidos en dos flotas, siciliana y rodia. Las orillas del lago, al decir de Tácito, estaban
llenas de balsas para impedir que el numeroso público, que se apiñaba en las orillas, se
cayera al agua. Las balsas estaban ocupadas por destacamentos de los cohortes pretorias,
que eran la guardia personal del emperador. El propio emperador Claudio, acompañado
de la emperatriz Agripina, presidió el espectáculo.
Nerón en el año 57 o 58 convirtió la arena del anfiteatro levantado por él en el
Campo de Marte en un gigantesco lago, donde se exhibieron toda clase de peces y
monstruos marinos, y se reprodujo un encuentro naval entre persas y griegos, que recordaba
los de las Guerras Médicas. Después se vació el lago y sobre la arena lucharon los
gladiadores y se simuló un combate terrestre. En el año 64 el mismo emperador en el
mismo lugar organizó por segunda vez una naumaquía, seguida, como la primera, de un
combate de gladiadores y después vino un fastuoso festín organizado por Tigelino.
El emperador Tito organizó en el año 80 unas fiestas que duraron 100 días y no podían
faltar en ellas los espectáculos acuáticos. En el primer día sobre una tarima de madera
que cubría el lago organizó unos combates de gladiadores y un acoso de fieras, el
segundo día una carrera de carros y el tercero un simulacro de batalla naval entre atenienses
y siracusanos, que recordaban los tenidos con ocasión del ataque de Atenas a
Siracusa, durante la Guerra del Peloponeso, 415-413 a.C.
El emperador Domiciano intentó eclipsar las fiestas acuáticas organizadas por su hermano,
hizo construir un nuevo y grandioso lago artificial y organizó un gigantesco combate
naval. Durante esta representación cayó una gran tormenta sobre los espectadores,
pero no se les permitió abandonar sus puestos, lo que motivó que muchos enfermasen.
La Historia Augusta, obra de finales del s. IV, da noticia de otra naumaquía, celebrada
por el emperador Filipo el Árabe, con ocasión de festejar el milenario de la fundación
de Roma. No se conocen detalles.
Los emperadores romanos fueron muy pródigos en organizar toda esta clase de espectáculos
para distraer al populacho de Roma. Dión Casio ya cayó en la cuenta de que
el pueblo se entretenía con ellos y no pensaba en política, ni en los verdaderos problemas
de la vida.


martes, 10 de enero de 2012

Perseo y Andrómeda


En la mitologia griega, Andrómeda era la hija del rey Cepheus y la reina Casiopea de Jaffa, un reino antiguamente llamado Ethiopía.


Un día, a Casiopea dijo que su hija Andrómeda era la más hermosa que las ninfas del mar e hijas de Neptuno. Ellas, ofendidas corrieron a contarselo a su padre, y éste, furioso mandó a inundar la ciudades del reino, enviando además a un horrible mónstruo marino que devoraba a la gente.



El oráculo de Zeus le dijo al rey Cepheus que la única manera de calmar la ira del dios era ofrecer a su hija Andrómeda en sacrificio. El regente ordenó que la encadenaran a las rocas del acantilado par que la bestia se la comiera. Y así se hizo.
Perseo vio a la hermosa joven encadenada y se quedó prendado de su belleza pero no se atrevió a desafiar al mónstruo i rescatarla. Perseo le propuso al rey que si él mataba a la bestia, Andrómeda le sería entregada como esposa.
Cepehus y Casiopea estuvieron de acuerdo. Él utilizó su casco para hacerse invisible y sus zapatillas aladas y tras una larga y feroz batalla mató a la bestia hiriéndola con su espada de diamante. Una vez que su hija y el reino estaban a salvo Cepheus dudó en cumplir el pacto pero éste se negó a que el rey rompiera su promesa.
Durante la boda, Phineus y cinetos de sus seguidores, invadieron la sala de la ceremonia para tratar de proclamar a éste como el prometido de la joven. Perseo se dio cuenta de que Cepheus era cómplice de su sobrio. No había hecho nada para impedir la entrada del antiguo pretendiente de su hija y sus hombres.

Después de una lucha sangrienta, Perseo avisó a gritos a sus partidarios para que volviesen la mirada. Sacó la cabeza de Medusa y doscintos partidarios de Phineus se convirtieron en piedra. El aspirante a novio cayó de rodillas al ver lo ocurrido y suplicó el perdón. Perseo a pesar de los ruegos lo convirtió en piedra usando la cabeza de Medusa.

Perseo y Andrómeda permanecieron juntos el resto de sus vidas y tuvieron seis hijos. A la muerte de la pareja, la diosa Atenea les dio un lugar en el firmamento, como constelaciones, junto a los padres de Andrómeda y el monstruo marino, Cetus.